<< Una vez hace ya algunos años la señora D.M. empezó a contar una historia a unos jóvenes de 17 y 18 años que conocía desde hacía un tiempo.
Ambos, un chico y una chica, escuchaban el relato que narraba el fatídico episodio que estaba viviendo una mujer de 30 años a la que habían diagnosticado un extraño tipo de cáncer. Al parecer se hallaba ingresada en un hospital y justo al día siguiente iba a ser sometida a una operación para intentar extirparle el tumor.
Ambos, un chico y una chica, escuchaban el relato que narraba el fatídico episodio que estaba viviendo una mujer de 30 años a la que habían diagnosticado un extraño tipo de cáncer. Al parecer se hallaba ingresada en un hospital y justo al día siguiente iba a ser sometida a una operación para intentar extirparle el tumor.
La señora les comentó a los chicos que necesitaba un favor por su parte. Les pidió que a la hora en que ella les avisara, encendieran una vela y con el pensamiento limpio y transparente, pensaran en esa otra mujer que estaba enferma. Solo les dio un nombre y les rogó que enviaran todo el amor que pudieran imaginar a esa mujer, y que aún sin saber qué apariencia física poseía, la imaginasen completamente sana y recuperada. Debían verla repleta de felicidad, envuelta en luz y rodeada de tanto amor como quizás nunca hubiera recibido.
Sin comprender muy bien por qué les sugirió realizar aquel acto tan extraño, los dos jóvenes aceptaron la petición y se fueron a sus casas. Sobre las once de esa misma noche, recibieron una llamada para que al unísono comenzaran a ejecutar lo pactado.
Y así lo hicieron.
Cada uno desde su casa, encendió una vela y concentrándose en ella, envió todo el amor posible a esa mujer. Luego la visualizaron en su habitación del hospital rodeada de familiares, y pensaron en llenar de luz esa habitación que parecía sombría. Para terminar la imaginaron completamente sana y llena de vida.
La sensación que les quedó en sus cuerpos a los chicos fue la felicidad y la calma.
Al día siguiente, bien caída la tarde, la señora les volvió a llamar. Esta vez les comentó que la mujer de su historia era completamente real y que esa misma mañana la habían operado. Le habían pronosticado un elevado riesgo en la intervención pero al final todo salió perfectamente y sin ningún tipo de complicación.
Los jóvenes no entendían qué quería decirles pero la escucharon.
La señora les hizo una última petición: quería que les acompañara al hospital para visitar a la enferma. Tanto insistió que al final la chica accedió a ir, aunque el chico no lo hizo. Así, al día siguiente, ambas fueron a la habitación de la mujer. Nada más entrar, la enferma se quedó mirándolas y empezó a sonreírles.
La escena de la habitación era algo desconcertante. La paciente estaba acostada en la cama y a su alrededor se podían contemplar una docena de familiares llorosos, angustiados, que no paraban de demostrar su lástima y pena por la mujer. Al mismo tiempo se compadecían por estar sufriendo de aquella forma, porque no se merecían que en su familia pasara aquello…, porque si ella era muy joven…, porque se le había arruinado la vida,….
Lo más curioso es que se referían a ella cómo si no les escuchase, cómo si no estuviera en la habitación o simplemente no hubiese superado la operación de aquella misma mañana y hubiera muerto.
En esto, que la mujer se incorporó en la cama y les pidió a la señora y la chica que se acercaran.
Lo hicieron y de forma cómplice le preguntó a la señora ¿Es una de ellos, verdad?, a lo que la otra mujer respondió: Sí.
Sin entender qué ocurría, la enferma besó a la chica y le dio las gracias por lo que había hecho. Dijo que la noche anterior, había sentido cómo le había enviado fuerzas y que estuvo soñando con mucha luz y mucha calma. Expresó su enorme agradecimiento una y otra vez, y mientras tanto la joven no terminaba de entender qué se suponía que había hecho.
Una vez se despidieron y salieron de la habitación, la señora le susurró a su amiga de dieciocho años:
“El error más grande lo está haciendo su familia. El peor de los males y la enfermedad más grave que una persona pueda soportar es ver cómo los seres que más dicen quererla se regocijan en el dolor a costa suya, olvidándose por completo que quien pasa la enfermedad es la enferma y no ellos. Fíjate cómo han terminado olvidándose de ella incluso estando en la misma habitación. Nunca permitas que ocurra eso”. >>
- A veces es necesario ver una situación desde una perspectiva externa para comprender que no siempre una visión personal es correcta cuando se mezclan sentimientos y emociones.
- A veces es preferible alejarnos de esa situación para poder descubrir el alcance de la misma, y una vez hallada la verdadera experiencia que se está viviendo, entonces regresar para actuar como se debería haber hecho desde un principio.
- A veces tenemos que poner límites en una situación para darnos cuenta lo que nuestros actos generan si no lo hacemos…, de lo que nos podemos estar perdiendo…. del bien que podemos hacerle a otras personas sin saber cómo… , de la libertad que podemos conseguir si conseguimos frenar algunas preocupaciones…
Dirijamos nuestra buena voluntad y pensamientos a quienes precisen de ellos, sean familiares o desconocidos. Quizá como en la historia, después de hacerlo sintamos la felicidad y la paz en nuestro ser.
No seamos la familia de la mujer enferma. No lo permitamos.
Sed felices.

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